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Diego Doncel Manzano
Poeta y Escritor
Diego Doncel Manzano
Por sus cartas a ella sabemos hasta qué punto la amaba | Montanchez.org
Montánchez · 4 de Abril, 2021
5 minutos
É

Él regresaba todas las vacaciones. Venía moreno, la camisa blanca, el pelo peinado hacia atrás, rizado y negro. Ella lo esperaba en aquel patio lleno de geranios, bajo la sombra de la parra, o tal vez viendo el movimiento de los carpines dorados en el pozo. Eran los tiempos en que la victoria en la guerra civil no era solo un recuerdo, sino un programa político y una moral. Uno no sabe por qué la política y la moral siempre la toman con el amor. Tal vez por eso ni siquiera podían besarse allí, cuando se encontraban. Los besos eran furtivos, inestables, casi robados al azar.

Por la noche se encontraban en el baile. De la radiogramola, en el descanso de la orquesta, salían las voces de Juanito Valderrama y de doña Concha Piquer. El aire era una nube de humo de los cigarrillos, los vestidos se movían entre risas, los pies se deslizaban sobre la tarima de madera, al son de una copla, con un aire juvenil y normativo. En la barra, con el ruido de fondo del sifón, ella y él conversaban porque la conversación es al amor lo que las estrellas a una noche de verano. Tal vez en algún momento de aquellos, él le dijo que se iba a marchar, y dibujó horizontes lejanos donde las promesas se confundían con el humo de los trenes.

Poco tiempo después él cogió uno de aquellos trenes y se marchó a Madrid. Ella recibía cartas desde El Pardo, fotos y postales con el estanque de El Retiro lleno de barcas y de parejas de novios. Veía en ellas bullir la Gran Vía llena de paraguas en las tardes de invierno, o abrirse paso la política en el tranvía que unía Argüelles y la Ciudad Universitaria. Visto desde hoy aquel tiempo nos puede parecer gris, pero para ellos tuvo siempre la luminosidad de la juventud. Conociéndolo a él, esa luminosidad seguro que estuvo lleno de fiestas, de risas, de seducciones, de enamoramientos platónicos y fugaces. Madrid vestía de pana y de traje de Terkal, pero, como hoy, la vida ocupaba las calles y las chicas eran igual de guapas que ahora mismo.

Por sus cartas a ella sabemos hasta qué punto la amaba y hasta qué punto era romántico su amor. Le hablaba de atardeceres grises como un piso sucio y colectivo de estudiantes, le copiaba poemas, le insistía siempre en la espera, en la esperanza y el abandono de la lejanía. Había una palabra que nunca dejaba de escribir: futuro.

Y en ese futuro, regresó y se casó con ella, y juntos se fueron en trenes interminables que atravesaban el país con aquella voluta de ruido y de sirenas. Ella siempre recordaría un hotel en Zaragoza con el agua del Ebro pasando violentamente debajo, el peso de las maletas en las estaciones turbias como un mes de septiembre. Siempre recordaría los años que vivió en el Pirineo en medio de la nieve, aislada con él, sola con él, enfermando de soledad cuando él se iba y comiendo hígado crudo cuando enfermaba.

Durante mucho tiempo sus vidas transcurrieron en camiones de mudanzas. España, para dejar de ser un suburbio, se hizo democrática y europea. A ella el hecho de no haber tenido nunca casa propia le daba un brío inesperado y las llenaba todas de macetas recién regadas, de muebles que encerraban los itinerarios de su deambular y de platos colgados que mostraban los puntos geográficos de su biografía.

Ahora ella tiene 80 años y él murió hace tiempo. Ella no acostumbra a ver fotografías antiguas, pero sí a recordar. Los recuerdos a veces se le entrecortan cuando se da cuenta de lo breve que ha sido todo. La vejez le hace hablar de las cosas como si hubieran ocurrido no en el pasado, sino en el día antes de hoy. Además, desde que él se fue, ha comprendido hasta qué punto se puede querer a alguien sin la posibilidad de verlo de nuevo. Se sigue levantando antes de que amanezca para construir el paraíso del que hablaba Vladimir Holan en un poema: hacer café, preparar la colada, quitarle el polvo al mundo.

Sin embargo, ahí sentada, en el mismo patio de siempre que ya no es el mismo, todavía lo espera, han pasado sesenta y tantos años desde que lo conoció y todavía lo espera. Lo oye abrir la puerta, como entonces, andar el pasillo, decirle lo mismo que le decía en otro tiempo:

María ya estoy aquí.

En portada: Por sus cartas a ella sabemos hasta qué punto la amaba | Montanchez.org
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