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El vino en Bota | Eduardo Fernández Jurado
Montánchez · 23 de Mayo, 2021
5 minutos
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¿Quién no recuerda con nostalgia su primera vez en la vida? El primer beso, el primer amor de la infancia, la primera fiesta sin tus padres, el primer... En fin, un montón de momentos vividos que no se olvidan a pesar de que el tiempo transcurrido se empeñe.

Mi nostalgia y mi memoria me transportan a la primera vez que yo vine a Montánchez. Por el año 1983 conozco en una discoteca del barrio (Aluche, Madrid), a una muchacha de cara pecosa y sonrisa constante. Después de preguntar lo típico: ¿cómo te llamas, estudias, trabajas...?, decido ir más allá en la insulsa conversación, le pregunto que de dónde es; ya que su acento tenía un deje que muy madrileño no era. Me contesta que de Cáceres, de un pueblo que se llama Montánchez.

Enseguida me viene a la memoria mi tía María, que yo sabía que estaba casada con uno de ese pueblo. Es más, también me acordé de que mi padre me mandaba a una bodega que había en el barrio a comprar vino de aquel pueblo, que a mí se me hacía impronunciable, pero que el bodeguero me evitaba decirlo porque conocía la inconfundible garrafa forrada con cuerda de pita.

Fue pasando el tiempo, y la relación con Puri fue a más y no tardé en averiguar que el marido de la hermana de mi padre -el tío Andrés- era primo hermano de su padre, y que también se llamaba Andrés (debe ser cierto que las casualidades no existen: sino el destino, los planetas, el karma... o yo qué sé).

Luego la relación entre nosotros parecía que iba en serio y ella me propone ir a su pueblo, pero había una condición indispensable: antes tenía que conocer a sus padres. Tengo que decir que el día que entré en casa de Puri, aquel hombre de voz ronca y escaso pelo, me dejó las cosas bien claras: que si intentaba reírme de un montanchego estaba jodío, borrándome de un plumazo la chulería que me proporcionaban mis veinte años.

Vine por primera vez a Montánchez una Semana Santa de 1984, pero como todo en la vida, la primera vez no te enteras o no lo saboreas y procuras que haya una segunda vez porque has intuido que te va a gustar y quieres repetir.

Volví a Montánchez aquel mismo año, por San Cristóbal. Eran las tres de la tarde, de un viernes, cuando yo me presenté en casa de mi novia (la cosa ya iba muy en serio) con todas las necesidades hechas; porque antes ella ya me había advertido de que su padre no paraba hasta llegar al pueblo.

El viaje fue amenizado por las cintas de casete de un tal Julito Madrid y mi conversación no fue más allá de un ‘sí’ o un ‘no’. Nunca pensé que un SEAT 127 podía subir con tanto brío las prolongadas y retorcidas cuestas del Puerto de Miravete. Respiré tranquilo al llegar a Trujillo y ver el cartel que indicaba que quedaban 41 kilómetros para llegar a Montánchez.

Pero Andrés el Teclo, al sentir la proximidad de su pueblo, no aminoró la velocidad, al contrario, creo que la aumentó o eso me pareció. Pasado La Cumbre, Andrés entró un poquito pasado en la chicanee (que diría Antonio Lobato, el que retransmite la F1) con tan mala suerte que a la salida de la curva estaba la Guardia Civil. Como era de esperar nos pararon:

- Documentación- dijo el guardia.

Andrés se la entregó enseguida, mientras que yo miraba a Puri dándole a entender que a su padre no le libraba de la multa ni la mismísima Virgen del Castillo, que adornaba con solemnidad el salpicadero del 127.

-¿Usted no ha visto cómo ha entrado en la curva? -preguntó el guardia- ¿Dónde va con tanta prisa?

-Soy de Montánchez y quiero llegar al toro de las siete- contestó el Teclo, siendo tan directo con el guardia como lo había sido conmigo el día que le conocí.

-El agente le miró con cara de sorprendido ante la contundente respuesta y le devolvió la documentación. ‘Continúe’, fueron sus palabras.

Llegamos al toro de las siete, y desde entonces procuro ir todas las veces que puedo: al toro, a la subida, a la bajada, a los carnavales, a los cortos o a lo que sea, porque Montánchez y sus gentes me encantaron desde mi primera vez.

El vino en Bota | Eduardo Fernández Jurado


Eduardo es autor de los libros:

El vino en bota: La guerra civil española es el tema fundamental de este libro. Narra la historia de un joven de 17 años que primero es arrancado de su pueblo y después de sus padres para ser partícipe de la última baza del ejército de la República: la ofensiva del Ebro. Amistad, humor y una simple bota de vino, con un solo fin: ahuyentar el miedo.

Avalado sea Dios: Un viaje a través de la España de posguerra, ese país dividido y lleno de odio en el que el bando vencedor no duda en humillar al derrotado. Así, cárcel y muerte serán el pan nuestro de cada día del protagonista, un excombatiente republicano.

En portada: El vino en Bota | Eduardo Fernández Jurado
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